martes, 11 de octubre de 2011

¿Subimos impuestos o recortamos servicios?

En estos días en los que nuestros vecinos griegos parecen abocados al gran batacazo y en los que tanto Rubalcaba como Rajoy se empeñan en abrir un debate sobre el mejor camino a seguir para equilibrar las cuentas públicas a mi me apetece dar mi opinión al respecto.

¿Qué hacemos: subimos impuestos o recortamos servicios? Para empezar ni una cosa ni otra. Estando como estoy totalmente convencido de que la prioridad nº 1 de nuestro país para conseguir salir de la crisis debe ser equilibrar el déficit de nuestras Administraciones Públicas creo que hay muchas otras cosas que se pueden hacer antes de subir impuestos o recortar servicios. En realidad la pregunta que nos deberíamos hacer es: ¿incrementamos la recaudación o reducimos costes?

Llegado a este punto más de uno y más de dos estarán pensando: ¡Que cachondo!, se habrá quedado calvo el tío este, ¿Cómo narices se va a incrementar la recaudación sin subir los impuestos o a reducir los costes sin recortar los servicios? La respuesta es sencilla: se puede.

Empecemos con la recaudación, España, con una economía sumergida estimada en un 23% de su PIB, tiene el orgullo de encontrarse a la cabeza de los países que más defraudan en la UE, junto con Grecia e Italia (¡casi nada!). Los motivos, entre otros son:
  • Contamos con un empleado de la Agencia Tributaria por cada 1.680 contribuyentes, un indicador tres veces inferior al de la media de los países de la OCDE.
  • Los sistemas de información empleados por gran parte de las Administraciones Públicas de nuestro país para gestionar sus tributos se encuentran obsoletos, lo que se traduce en dificultades para realizar cruces de información, emplear modelos predictivos y en definitiva, ser más eficientes a la hora de recaudar.
  • Y por qué no, culturalmente no somos una sociedad muy dada a pagar impuestos... mientras nuestros vecinos de los países nórdicos tienen conciencia de sus obligaciones tributarias y ven mal a aquel que intenta evadirse en el pago de sus impuestos, en este nuestro país, quien más quien menos ha pedido que le hagan una factura sin IVA, tiene una chica de servicio en casa a la que no tiene dada de alta en la seguridad social y se ha comprado un piso sin escriturar por el 100% del valor real de la compra venta.   
Para que nos hagamos una idea de la magnitud del problema, teniendo en cuenta que la presión fiscal media en España se sitúa en un 30,4%, si consiguiésemos bajar hasta un 13% el fraude fiscal, situándonos en la media de  los países de la UE, conseguiríamos incrementar nuestra recaudación en más de 43.500 millones de euros.

Comparando esta cifra con los 2.000 millones que estima recaudar Rubalcaba aumentando un 10% los impuestos sobre el alcohol y el tabaco, los 1.400 millones que supuestamente generaría la recuperación del impuesto de patrimonio o los 1.000 millones de euros atribuidos a un impuesto especial sobre los bancos, creo que no hace falta ningún tipo de comentario adicional sobre dónde debería ponerse el foco de forma prioritaria.

Resumiendo, mi apuesta no es por subir los impuestos sino por aumentar la recaudación, incrementando la lucha y los esfuerzos contra el fraude, y si después de haber agotado esta vía necesitamos seguir aumentando los ingresos, discutimos sobre la conveniencia o no de subir los impuestos y sobre el efecto de una posible subida en la recaudación, sobre todo, en un contexto como el actual, donde la economía se encuentra totalmente estrangulada a todos los niveles: inversión y consumo.

Cerrado el capítulo de la recaudación, pasemos al siguiente capítulo: los costes. Este área es tan extenso y la capacidad de mejora es tan grande que más que un post podríamos escribir un libro con áreas donde la Administración podría mejorar sus procesos para reducir sus costes.

Una buena forma de entender lo que digo es darse una vuelta por cualquier organismo público y observar atentamente cómo trabajan sus empleados. Lo más probable es que nos encontremos con un montón de funcionarios enterrados entre montañas de papel, que en el mejor de los casos se encontrarán ordenadas y clasificadas en AZs y en el peor de los casos formarán parte del decorado de la mesa del funcionario/a que desarrolla allí su labor, veremos empleados que están muy ocupados y otros que se encuentran más bien ociosos y a buen seguro, ciudadanos con cara de susto, que miran a su alrededor sin tener del todo claro a dónde o qué tienen que hacer, y que nada más llegar es posible que se acerquen formulario en mano y te pregunten: "¿Sabe usted qué hay que poner en la casilla D8 donde piden el código del centro gestor?".

El diagnóstico es claro: tenemos unas Administraciones Públicas que funcionan con procesos muy complejos y burocratizados, que requieren un uso intensivo de capital humano y donde la automatización de tareas simplemente no existe. Por si esto fuera poco cuentan con plantillas poco flexibles, donde es fácil encontrar empleados poco motivados, sin incentivos para mejorar o esforzarse y que en la mayoría de los casos no cuentan con  las mejores herramientas para poder hacer bien su trabajo.

Resultado: un auténtico desastre en el que sería sumamente fácil conseguir ahorros muy importantes incluso mejorando los niveles de servicio actuales, ¿y entonces por qué no se hace? Pues no se hace porque siendo fácil identificar los cambios es difícil implementarlos y para ello sería necesario bombardear y volver a refundar las bases del modelo actual con el foco puesto en los siguientes objetivos:

  • Necesitamos eliminar el papel y para ello es necesario revisar y simplificar los procesos, eliminar todas las tareas que no aportan valor y suprimir duplicidades. No tiene ningún sentido que en pleno siglo XXI sigamos tramitando los expedientes con la ayuda de AZs, con escritos de remisión de expedientes acompañados de acuses de recibo, y con un montón de empleados públicos cuya única misión es mecanografiar los informes que manuscriben los técnicos, o lo que es peor, simplemente mover los montones de papel de una mesa a otra o como mucho, de un edificio a otro.
  • El modelo de contratación y despido de empleados públicos debería ser, si no igual, parecido al de las empresas privadas: necesito gente, la contrato, me sobra gente, la reciclo o la despido y además la retribución de los empleados públicos debería ir ligada al cumplimiento de unos objetivos. El que más trabaje y más se esfuerce debería cobrar más, y el que no lo haga debería cobrar menos o no cobrar.
  • Por último el funcionamiento de las Administraciones, y por lo tanto de sus organismos, no debería ir ligado a la ejecución de unos presupuestos, sino al cumplimiento de unos objetivos. Es muy triste pero la realidad es así, si  asignamos 2 millones de euros para la construcción de 2 hospitales a 2 gestores distintos y al final del año conseguimos los siguientes resultados: el gestor uno ha construido los dos hospitales con 1,5 millones y el gestor 2 ha construido 1 sólo hospital con  los 2 millones, lo que seguramente va a ocurrir para el presupuesto del año que viene es: que al gestor uno le van a reducir el presupuesto y por el contrario al gestor dos se lo van a ampliar.
Creo que la conclusión es clara, los servicios públicos son desde mi punto de vista, la razón de ser de una Administración Pública, todo lo demás en muchos casos podría ser prescindible, pero la educación, la sanidad o la seguridad ciudadana son servicios básicos que no deberíamos tocar, o por lo menos, no deberíamos hacerlo hasta que no hayamos exprimido a tope la vía de los ahorros en otras áreas.


jueves, 8 de septiembre de 2011

¿Y qué debe hacer el Gobierno?


En mi anterior post insistía en la idea, que todavía defiendo, de que sólo existe una forma para conseguir remontar el vuelo de una vez por todas y salir de la situación de crisis en la que actualmente estamos inmersos: dejar de lamentarnos y de pensar en qué tienen que hacer los demás, incluido el Estado, y empezar a pensar en qué puedo hacer yo.

Sin embargo, es cierto, que el Gobierno, con independencia de quien lo lidere, tiene en sus manos armas de enorme poder, que podrían ser de gran ayuda para, valga la redundancia, ayudarnos a hacer nuestros deberes. En mi opinión, el Gobierno debería emprender reformas estructurales de enorme calado y vitales para la supervivencia de nuestro modelo de país, entre otras:
  • Necesitamos adoptar medidas urgentes para empezar a mejorar la competitividad de nuestro modelo productivo. Como bien apunta mi admirado Jose Mª O`kean el principal problema que tiene España ahora mismo es que no es un país competitivo, ¿Y esto qué es? Esto es que tenemos problemas para hacer las cosas bien a la primera y con un esfuerzo y unos costes inferiores a los de nuestros vecinos. ¿Y por qué no somos competitivos? Por muchos y varios motivos, pero por encima de cualquier otro porque una parte importante de las personas que componen este país se dedican a desarrollar tareas que no aportan valor pero que sin embargo encarecen nuestros productos, otra parte importante que sí se dedica a desarrollar tareas que aportan valor las desarrollan de forma poco efectiva, y en consecuencia contribuyen a encarecer el producto y por último sólo una pequeña parte se dedica a desarrollar tareas que aportan valor de una forma óptima.
  • Necesitamos cambiar nuestro sistema y nuestro modelo educativo. La tecnología está cambiando la forma en la que nos relacionamos, nos comunicamos y nos expresamos, la forma en la que entendemos y hacemos los negocios, y en general la forma en la que vivimos. Las nuevas generaciones no sabrán como era el mundo antes de que existiesen los teléfonos móviles, internet o los tablet PCs. Y mientras todo esto ocurre nosotros seguimos educando a nuestros hijos de forma muy parecida a como lo hacíamos hace 35 años. Es fundamental que reformemos profundamente nuestro sistema educativo, que abramos nuestras mentes y pensemos en nuevas formas de aprender: más colaborativas, haciendo uso de los nuevos medios de los que disponemos y sobretodo pensando en qué van a necesitar nuestros hijos en un mundo profesional y laboral que será muy diferente al mundo que nosotros conocemos.
  • Necesitamos reformar nuestras Administraciones Públicas. Lo queramos ver o no, en este país sobran empleados públicos, sobran administraciones públicas, sobran políticos y sobran gobiernos. Desde el punto de vista puramente económico no nos podemos permitir un modelo como el actual. Además es fundamental introducir cambios de calado en los modelos de gestión de las Administraciones Públicas, cambios orientados a dotar a la Administración de una mayor flexibilidad, que permita dotarse de recursos cuando se necesiten y despedirlos cuando dejen de hacerlo, que permita mover fácilmente trabajadores de un área a otra y cambiar sus funciones y cometidos en función de las necesidades de la Administración, y que permita premiar al que rinde adecuadamente y por qué no, despedir al que no lo hace.
  • Necesitamos generar un entorno con las condiciones adecuadas para poder emprender. Y eso pasa por simplificar los trámites necesarios para la creación de nuevas empresas, por adoptar reformas estructurales que faciliten el acceso a nuevas fuentes de financiación, por limitar la responsabilidad del empresario, al menos durante los primeros años de vida de la empresa, por plantear ayudas y beneficios fiscales que faciliten la creación de nuevas empresas, por adoptar medidas que apoyen la inversión en I+D+i, en definitiva, por aumentar el número de ZARAs, REPSOLes, BBVAs, BSCHs, Telefónicas, Mercadonas o Corte Ingles, que día a día demuestran que en este país somos capaces de competir con los mejores a nivel mundial.
  • Necesitamos cambiar nuestro modelo actual de familia. Si soy sincero este punto no es de mi cosecha, en realidad es una creencia a pies juntillas de mi mujer. Sin embargo a base de oírlo una y otra vez, es uno de los temas en los que más he pensado últimamente, y la conclusión a la que he llegado es, que como siempre, ella tiene razón. Lamentablemente creo que cada vez más avanzamos hacia un nuevo modelo de sociedad que poco a poco va perdiendo valores como el respeto, la honestidad, la sinceridad, el esfuerzo o el sacrificio. Valores que no se aprenden en las escuelas y sí en las casas, con tu familia, con tus padres. Valores que requieren tiempo de convivencia, de conversación, de compartir experiencias, en definitiva de tiempo y ganas para dedicarle a nuestros hijos, tiempo de calidad, del bueno y pensando siempre que la responsabilidad última en la educación de un niño no es del colegio, es de la familia.
Para acabar tan sólo una reflexión: el Gobierno, aunque muchas veces no nos guste, somos todos. El próximo 20 de Noviembre nos enfrentamos a una de las elecciones más críticas de nuestra corta vida democrática: elegir al Presidente que debe guiarnos para salir de la crisis más grave por la que hemos pasado en los últimos 40 años, y aunque me duela en el alma decir esto, la realidad es que sólo tenemos dos opciones: Rubalcaba y Rajoy.

El primero ya ha tenido ocho años para intentar hacer algo y no lo ha hecho y el segundo ha tenido otros ocho años para decir lo que en su opinión había que hacer y demostrar cuáles son sus valores y tampoco lo ha hecho. El panorama no es muy alentador, sin embargo creo que en esta ocasión, más que nunca procede ser responsable, y aunque la cabeza me pide proceder como en las últimas elecciones, leerme todos los programas, y elegir aquel que se encuentre más próximo a mis ideas, el corazón me dice que en esta ocasión, al menos, necesitamos un cambio...